A pesar
de esto, mis experimentos han fortalecido mis ánimos, y ya con más
valor me he puesto a buscar respuesta a esta cuestión atormentadora:
¿por qué no me gusta la poesía pura? ¿Por qué? ¿No será por las
mismas razones por las que no me gusta el azúcar en estado puro? El
azúcar sirve para endulzar el café y no para comerlo a cucharadas de
un plato como natillas. En la poesía pura, versificada, el exceso
cansa: el exceso de palabras poéticas, el exceso de metáforas, el
exceso de sublimación, el exceso, por fin, de la condensación y de la
depuración de todo elemento antipoético, lo cual hace que los versos
se parezcan a un producto químico.
El canto es una forma de expresión
muy solemne... Pero he aquí que a lo largo de los siglos el número de
cantores se multiplica, y estos cantores al cantar tienen que adoptar la
postura de cantor, y esta postura con el tiempo se vuelve cada vez más
rígida. Y un cantor excita al otro, uno consolida al otro en su
obstinado y frenético canto; en fin, que ya no cantan más para las
multitudes, sino que uno canta para el otro; y entre ellos, en una
rivalidad constante, en un continuo perfeccionamiento del canto, surge
una pirámide cuya cumbre alcanza los cielos y a la que admiramos desde
abajo, desde la tierra, levantando las narices hacia arriba. Lo que iba
a ser una elevación momentánea de la prosa se ha convertido en el
programa, en el sistema, en la profesión, y hoy en día se es Poeta
igual que se es ingeniero o médico. El poema nos ha crecido hasta
alcanzar un tamaño monstruoso, y ya no lo dominamos nosotros a él,
sino él a nosotros. Los poetas se han vuelto esclavos, y podríamos
definir al poeta como un ser que no puede expresarse a sí mismo, porque
tiene que expresar el Verso.
Y, sin embargo, no puede haber
probablemente en el arte cometido más importante que justamente éste:
expresarse a sí mismo. Nunca deberíamos perder de vista la verdad que
dice que todo estilo, toda postura definida, se forma por eliminación y
en el fondo constituye un empobrecimiento. Por tanto, nunca deberíamos
permitir que alguna postura redujera demasiado nuestras posibilidades
convirtiéndose en una mordaza, y cuando se trata de una postura tan
falsa, es más, casi pretenciosa, como la de un «cantor», con más
razón deberíamos andarnos con ojo. Pero nosotros, hasta ahora, en lo
que al arte se refiere, dedicamos mucho más esfuerzo y tiempo a
perfeccionarnos en uno u otro estilo, en una u otra postura, que a
mantener ante ellos una autonomía y libertad interiores, y a elaborar
una relación adecuada entre nosotros y nuestra postura. Podría parecer
que la Forma es para nosotros un valor en sí mismo, independientemente
del grado en que nos enriquece o empobrece. Perfeccionamos el arte con
pasión, pero no nos preocupamos demasiado por la cuestión de hasta
qué punto conserva todavía algún vínculo con nosotros. Cultivamos la
poesía sin prestar atención al hecho de que lo bello no necesariamente
tiene que «favorecernos». De modo que si queremos que la cultura no
pierda todo contacto con el ser humano, debemos interrumpir de vez en
cuando nuestra laboriosa creación y comprobar si lo que creamos nos
expresa.
Hay dos tipos contrapuestos de
humanismo: uno, que podríamos llamar religioso, trata de echar al
hombre de rodillas ante la obra de la cultura humana, nos obliga a
adorar y a respetar, por ejemplo, la Música o la Poesía, o el Estado,
o la Divinidad; pero la otra corriente de nuestro espíritu, más
insubordinada, intenta justamente devolverle al hombre su autonomía y
su libertad con respecto a estos Dioses y Musas que, al fin y al cabo,
son su propia obra. En este último caso, la palabra «arte» se escribe
con minúscula. Es indudable que el estilo capaz de abarcar ambas
tendencias es más completo, más auténtico y refleja con más
exactitud el carácter antinómico de nuestra naturaleza que el estilo
que con un extremismo ciego expresa solamente uno de los polos de
nuestros sentimientos. Pero, de todos los artistas, los poetas son
probablemente los que con más ahínco se postran de hinojos -rezan más
que los otros-, son sacerdotes par excellence y ex professio, y la
Poesía así planteada se convierte sencillamente en una celebración
gratuita. Justamente es esta exclusividad lo que hace que el estilo y la
postura de los poetas sean tan drásticamente insuficientes, tan
incompletos.
Hablemos un momento
más sobre el estilo. Hemos dicho que el artista debe expresarse a sí
mismo. Pero, al expresarse a sí mismo, también tiene que cuidar que su
manera de hablar esté acorde con su situación real en el mundo, debe
expresar no solamente su actitud ante el mundo, sino también la del
mundo ante él. Si siendo cobarde, adopto un tono heroico, cometo un
error de estilo. Pero si me expreso como si fuera respetado y querido
por todo el mundo, mientras en realidad los hombres ni me aprecian ni me
tienen simpatía, también cometo un error de estilo. Si, en cambio,
queremos tomar conciencia de nuestra verdadera situación en el mundo,
no podemos eludir la confrontación con otras realidades diferentes de
la nuestra. El hombre formado únicamente en el contacto con hombres que
se le parecen, el hombre que es producto exclusivo de su propio
ambiente, tendrá un estilo peor y más estrecho que el hombre que ha
vivido en ambientes diferentes y ha convivido con gente diversa. Ahora
bien, en los poetas irrita no sólo esa religiosidad suya, no compensada
por nada, esa entrega absoluta a la Poesía, sino también su política
de avestruz en relación con la realidad: porque ellos se defienden de
la realidad, no quieren verla ni reconocerla, se abandonan expresamente
a un estado de ofuscamiento que no es fuerza, sino debilidad.
¿Es que los poetas no crean
para los poetas? ¿Es que no buscan únicamente a sus fieles, es decir,
a hombres iguales a ellos? ¿Es que estos versos no son producto
exclusivo de un hombre determinado y restringido? ¿Es que no son
herméticos? Obviamente, no les reprocho el que sean «difíciles», no
pretendo que escriban «de manera comprensible para todos» ni que sean
leídos en las casas campesinas pobres. Sería igual a pretender que
voluntariamente renunciaran a los valores más esenciales, como la
conciencia, la razón, una mayor sensibilidad y un conocimiento más
profundo de la vida y del mundo, para bajar a un nivel medio; ¡oh, no,
ningún arte que se respete lo aceptaría jamás! Quien es inteligente,
sutil, sublime y profundo debe hablar de manera inteligente, sutil y
profunda, y quien es refinado debe hablar de un modo refinado, porque la
superioridad existe, y no para rebajarse. Por tanto, no es malo que los
versos contemporáneos no sean accesibles a cualquiera, lo que sí es
malo es que hayan surgido de la convivencia unilateral y restringida de
unos mundos y tinos hombres idénticos. Al fin y al cabo, yo mismo soy
un autor que defiende obstinadamente su propio nivel, pero al mismo
tiempo (lo digo para que no se me eche en cara que practico un género
que combato), mis obras ni por un momento se olvidan de que fuera de mi
mundillo existen otros mundos. Y si no escribo para el pueblo, no
obstante escribo como alguien amenazado por el pueblo o dependiente del
pueblo, o creado por el pueblo. Tampoco se me ha pasado nunca por la
cabeza adoptar una pose de «artista», de «escritor», de creador
maduro y reconocido, sino que ; precisamente represento el papel de
candidato a artista, de aquel que sólo desea ser maduro, en una
incesante y encarnizada lucha con todo lo que frena mi desarrollo. Y mi
arte se ha formado no en contacto con un grupo de gente afín a mí,
sino precisamente en relación y en '' contacto con el enemigo.
¿Y los poetas? ¿Acaso
puede salvarse el poema de un poeta si cae en manos no de un
amigo-poeta, sino de un enemigo, un no-poeta? Como cualquier otra
expresión, un poema debería ser concebido y realizado de manera que no
deshonrara a su propio creador, ni siquiera en el caso de que no tuviese
que gustar a nadie. Más aún, es preciso que los poemas no deshonren al
creador ni siquiera en el caso de que a él mismo no le gusten. Porque
ningún poeta es exclusivamente poeta, y en cada poeta vive un no-poeta
que no canta y a quien no le gusta el canto...; el hombre es algo más
vasto que el poeta. El estilo surgido entre los adeptos de una misma
religión muere en contacto con la multitud de infieles; es incapaz de
defenderse y de luchar; es incapaz de vivir una verdadera vida; es un
estilo estrecho.
Permitidme que os muestre
la siguiente escena... Imaginémonos que en un grupo de más de diez
personas una de ellas se levanta y se pone a cantar. Su canto aburre a
la mayoría de los oyentes; pero el cantante no quiere darse cuenta de
ello; no, él se comporta como si encantara a todo el mundo; pretende
que todos caigan de rodillas ante esa Belleza, exige un reconocimiento
incondicional a su papel de Vate; y aunque nadie le da mayor importancia
a su canto, él adopta una expresión como si su palabra tuviera un
significado decisivo para el mundo; lleno de fe en su Misión Poética
lanza anatemas, truena, se agita en un vacío; pero, es más, no quiere
reconocer ante la gente ni ante sí mismo que este canto le aburre hasta
a él, le atormenta y le irrita, puesto que él no se expresa de una
manera desenvuelta, natural ni directa, sino en una forma heredada de
otros poetas, una forma que perdió hace tiempo el contacto con la
directa sensibilidad humana; y así no sólo canta la Poesía, sino que
también se embelesa con la Poesía; siendo Poeta, adora la grandeza y
la importancia del Poeta; no sólo pretende que los demás caigan de
rodillas ante él, sino que él mismo cae de rodillas ante sí mismo.
¿No podría decirse de ese hombre que ha decidido llevar un peso
excesivo sobre sus espaldas? Puesto que no sólo cree en la fuerza de la
poesía, sino que se obliga a sí mismo a esta fe, no sólo se ofrece a
los demás, sino que los obliga a que reciban este don divino como si
fuera una hostia. En un estado espiritual tan hermético, ¿dónde puede
surgir una grieta por la cual desde el exterior pudiese penetrar la
vida? Y al fin y al cabo no hablamos aquí de un cantor de tercera fila,
no, todo esto también se refiere a los poetas más célebres, a los
mejores.
Si al menos el poeta
supiera tratar su canto como una pasión, o como un rito, si al menos
cantara como los que tienen que cantar, aun sabiendo que cantan en el
vacío. Si en lugar de un orgulloso «yo, Poeta» fuese capaz de
pronunciar estas palabras con vergüenza o con temor... o hasta con
repulsión... ¡Pero no! ¡El Poeta tiene que adorar al Poeta!
Esta impotencia ante
la realidad caracteriza de manera contundente el estilo y la postura de
los poetas. Pero el hombre que huye de la realidad ya no encuentra apoyo
en nada..., se convierte en juguete de los elementos. A partir del
momento en que los poetas perdieron de vista al ser humano concreto para
fijar la mirada en la Poesía abstracta, ya nada pudo frenarlos en la
pendiente que conducía directamente al precipicio del absurdo. Todo
empezó a crecer espontáneamente. La metáfora, privada de cualquier
freno, se desencadenó hasta tal punto que hoy en los versos no hay más
que metáforas. El lenguaje se ha vuelto ritual: esas «rosas», esos
«ocasos», esas «añoranzas» o esos «dolores», que antaño poseían
cierto frescor, a causa de un uso excesivo se han convertido en sonidos
vacíos; y esto mismo se refiere a los más modernos «semáforos» y
demás «espirales». El estrechamiento del lenguaje va acompañado del
estrechamiento del estilo, lo cual ha provocado el que hoy en día los
versos no sean más que una docena de «vivencias» consagradas,
servidas en insistentes combinaciones de un vocabulario mísero. A
medida que el Estrechamiento se iba volviendo cada vez más Estrecho,
también la Belleza no frenada por nada se volvía cada vez más Bella,
la Profundidad cada vez más Profunda, la Nobleza cada vez más Noble,
la Pureza cada vez más Pura. Si por un lado el verso, privado de
frenos, se ha hinchado hasta alcanzar las dimensiones de un poema
gigantesco (similar a una selva conocida de verdad sólo por unos
cuantos exploradores), por otro lado empezó a condensarse reduciéndose
a un tamaño ya demasiado sintético y homeopático. Asimismo se empezó
a hacer descubrimientos y experimentos con cara de ser los únicos
enterados; y, repito, ya nada es capaz de frenar esta aburrida orgía.
Porque no se trata aquí de la creación de un hombre pare otro hombre,
sino de un rito celebrado ante un altar. Y por cada diez versos, habrá
al menos uno dedicado a la adoración del Poder de la Palabra Poética o
a la glorificación de la vocación del Poeta.
Convengamos que estos síntomas patológicos no son propios únicamente
de los poetas. En la prosa esta postura religiosa también ha hecho
grandes estragos, y si tomamos por ejemplo obras como La muerte de
Virgilio, de Broch, Ulises o algunas obras de Kafka,
experimentamos la misma sensación: que la «eminencia» y la
«grandeza» de estas obras se realizan en el vacío, que pertenecen a
estos libros que todo el mundo sabe que son grandes..., pero que de
algún modo nos resultan lejanos, inaccesibles y fríos..., puesto que
fueron escritos de rodillas y con el pensamiento puesto no en el lector,
sino en el Arte o en otra abstracción. Esta prosa surgió del mismo
espíritu que ilumina a los poetas, e indudablemente, por su esencia, es
«prosa poética».
Si dejamos
aparte las obras y nos ocupamos de las personas de los poetas y del
mundillo que estas personas crean con sus fieles y sus acólitos, nos
sentiremos aún más sofocados y aplastados. Los poetas no sólo
escriben 'para los poetas, sino que también se alaban mutuamente y
mutuamente se rinden honores unos a otros. Este mundo, o mejor dicho,
este mundillo, no difiere mucho de otros mundillos especializados y
herméticos: los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la
creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca con el
mismo sentimiento religioso que los poetas de Mallarmé, y uno confirma
al otro en la convicción de su propia importancia. Pero los
ajedrecistas no pretenden tener un papel tan universal, y lo que
después de todo se puede perdonar a los ajedrecistas, se vuelve
imperdonable en el caso de los poetas. Como consecuencia de semejante
aislamiento, todo aquí se hincha, y hasta los poetas mediocres se
hinchan de manera apocalíptica, mientras problemas insignificantes
cobran una importancia desorbitada. Recordemos, por ejemplo, las
tremendas polémicas acerca del tema de las asonancias, y el tono en que
se discutía esta cuestión: parecía entonces que el destino de la
humanidad dependiera de si era lícito rimar de forma asonante. Es lo
que ocurre cuando el espíritu del gremio llega a dominar al espíritu
universal.
Otro hecho no menos
vergonzoso es la cantidad de poetas. A todos los excesos mencionados
más arriba, hay que añadir el exceso de vates. Estas cifras
ultrademocráticas hacen explotar desde dentro la orgullosa y
aristocrática fortaleza poética; realmente resulta bastante divertido
verlos a todos juntos en un congreso: ¡qué multitud de seres más
peculiares! Pero ¿es que el arte que se celebra en el vacío no es el
terreno ideal para aquellos que justamente no son nadie, cuya
personalidad vacía se desahoga encantada en esas formas limitadas? Y lo
que ya es verdaderamente ridículo son esas críticas, esos
articulillos, aforismos y ensayos que aparecen en la prensa sobre el
tema de la poesía. Eso sí que es vanilocuencia, una vanilocuencia
pomposa y tan ingenua, tan infantil, que uno no puede creer que hombres
que se dedican a escribir no perciban la ridiculez de semejante
publicística. Hasta ahora no han comprendido esos estilistas que de la
poesía no se puede escribir en tono poético, por lo que sus gacetillas
están repletas de semejantes elucubraciones poetizantes. También es
muy grande la ridiculez que acompaña los recitales, concursos y
manifiestos, pero supongo que no vale la pena extenderse más sobre
ello.
Creo haber
explicado más o menos por qué la poesía en verso no me seduce. Y por
qué los poetas -que se han entregado totalmente a la Poesía y han
sometido a esta Institución toda su existencia, olvidándose de la
existencia del hombre concreto y cerrando los ojos a la realidad- se
encuentran (desde hace siglos) en una situación catastrófica. A pesar
de las apariencias de triunfo. A pesar de toda la pompa de esta
ceremonia.
Pero aún tengo que
refutar cierta acusación.
El simplismo inusitado con
que se defienden los poetas (por lo general, hombres nada tontos, aunque
ingenuos) cuando se ataca su arte, sólo se puede explicar por una
ceguera voluntaria. Muchos de ellos buscan salvarse argumentando que
escriben versos por placer, como si todo su comportamiento no
desmintiese semejante afirmación. Los hay que sostienen con toda
seriedad que escriben para el pueblo y que sus rebuscados jeroglíficos
constituyen el alimento espiritual de las almas sencillas. No obstante,
todos creen con firmeza en la resonancia social de la poesía, y desde
luego les será difícil comprender cómo se les puede atacar desde este
lado. Dirán: –¡Cómo! ¿Acaso puede usted dudar? ¿Es que no ve
usted las multitudes que asisten a nuestros recitales? ¿La cantidad de
ediciones que consiguen nuestros volúmenes? ¿Los estudios, los
artículos, las disertaciones publicados sobre nosotros? ¿La
admiración que rodea a los poetas famosos? Es usted precisamente quien
no quiere ver las cosas como son...
¿Qué les
contestaré? Que todo esto no son más que ilusiones. Es cierto que a
los recitales van multitudes, pero también es cierto que incluso un
oyente muy culto no es capaz en absoluto de comprender un poema
declamado en un recital. Cuántas veces he asistido a estas aburridas
sesiones, en que se recitaba un poema tras otro, cuando cada uno de
ellos tendría que ser leído con la máxima atención al menos tres
veces para poder descifrar por encima su contenido. En cuanto a las
ediciones, sabemos que se compran miles de libros para no ser leídos
jamás. Sobre la poesía escriben, como ya hemos dicho, los poetas. ¿Y
la admiración? ¿Es que los caballos en las carreras no despiertan
todavía más interés? Pero ¿qué tiene que ver la afición deportiva
con que asistamos a toda clase de rivalidades y todas las ambiciones
-nacionales u otras- que acompañan a estas carreras, qué tiene que ver
todo esto con una auténtica emoción artística? Sin embargo, semejante
respuesta, aunque justa, no sería suficiente. El problema de nuestra
convivencia con el arte es mucho más profundo y difícil. Y es
indudable, al menos a mi parecer, que si queremos entender algo de él,
debemos romper totalmente con esta idea demasiado fácil de que «el
arte nos encanta» y que «nos deleitamos con el arte». No el arte nos
encanta sólo hasta cierto punto, mientras que los placeres que nos
proporciona son más bien dudosos... Y ¿acaso puede ser de
otra manera, si la convivencia con el gran arte es una convivencia con
hombres maduros, de horizontes más vastos y sentimientos más fuertes?
No nos deleitamos, más bien tratamos de deleitarnos..., y no
comprendemos..., sino que tratamos de comprender...
Qué superficial es el
pensamiento para el cual este fenómeno complicado se reduce a una
simple fórmula: el arte encanta porque es bello.
–Oh, hay tantos esnobs..., pero yo no soy un esnob, yo reconozco
con franqueza cuando algo' no me gusta –dice esta ingenuidad y le
parece que con esto todo queda arreglado.
Sin embargo, podemos
percibir aquí claramente unos factores que no tienen nada que ver con
la estética. ¿Pensáis que si en la escuela no nos hubiesen obligado a
extasiarnos con el arte, tendríamos por él, más tarde, tanta
admiración, una admiración que nos viene dada? ¿Creéis que si toda
nuestra organización cultural no nos impusiera el arte, nos
interesaríamos tanto por él? ¿No será nuestra necesidad de mito, de
adoración, lo que se desahoga en esta admiración nuestra, y no será
que al adorar a los superiores, nos ensalzamos a nosotros mismos? Pero
ante todo, estos sentimientos de admiración y de éxtasis, ¿surgen
«de nosotros» o «entre nosotros»? Si en un concierto estalla una
salva de aplausos, eso no quiere decir en absoluto que cada uno de los
que aplauden esté entusiasmado. Un tímido aplauso provoca otro, se
excitan mutuamente, hasta que por fin se crea una situación en que cada
uno tiene que adaptarse interiormente a esta locura colectiva. Todos
«se comportan» como si estuvieran entusiasmados, aunque
«verdaderamente» nadie está entusiasmado, al menos no hasta tal
punto.
Sería, pues, un
error, una ingenuidad lastimosa, pretender que la poesía, o cualquier
otro arte, fuera, sencillamente, fuente de placer humano. Y si desde
este punto de vista observamos el mundo de los poetas y de sus
admiradores, entonces todos sus absurdos y ridiculeces parecerán
justificados: pues al parecer tiene que ser así, y está acorde con el
orden natural de las cosas, que el arte, igual que el entusiasmo que
despierta, sea más bien producto del espíritu colectivo que no una
reacción espontánea del individuo.
Y, sin embargo, no.
Sin embargo, tampoco este planteamiento logrará salvar a los poetas, ni
proporcionar los colores de la vida y de la realidad a su poesía.
Porque si la realidad es precisamente así, ellos no se dan cuenta. Para
ellos todo sucede de una manera simple: el cantante canta, y el
oyente, entusiasmado, escucha. Está claro que si fuesen capaces de
reconocer estas verdades y sacar de ellas todas sus consecuencias,
tendría que cambiar radicalmente su misma actitud hacia el canto. Pero
podéis estar tranquilos: jamás nada cambiará entre los poetas. Y no
os hagáis ilusiones de que ante estas fuerzas colectivas que nos
falsean nuestra percepción individual muestren una voluntad de
resistencia al menos para que el arte no sea una ficción y una
ceremonia, sino una verdadera coexistencia del hombre con el hombre.
¡No, estos monjes prefieren postrarse!
¿Monjes? Eso no quiere decir
que yo sea adversario de Dios o de sus numerosas órdenes religiosas.
Pero incluso la religión muere desde el momento en que se convierte en
un rito. Realmente, sacrificamos con demasiada facilidad en estos
altares la autenticidad y la importancia de nuestra existencia.
Texto extraído del ANEXO del Diario 1, Alianza tres.
Nota importante: las citas de arriba, previas al texto de
Gombrowicz, no figuran en el texto original y son una licencia poética
del El rey.