[. . . ] Hoy, anoche, me dejé arrastrar, como los
borrachos habituales y culpables, a tomar mi venenito. Y había decidido
hablar hoy sobre el juicio de Cortázar respecto del escritor
profesional. Yo no soy escritor profesional, Juan [Rulfo] no es escritor
profesional, ese García Márquez no es escritor profesional. ¡No es
profesión escribir novelas y poesías! O yo, con mi experiencia nacional,
que en ciertos resquicios sigue siendo provincial, entiendo
provincialmente el sentido de esta palabra oficio como una técnica que
se ha aprendido y se ejerce específicamente, orondamente para ganar
plata. Soy en este sentido un escritor provincial; sí, mi admirado
Cortázar; y, errado o no, así entendí que era don João y que es don Juan
Rulfo. Porque de no, Juan, que conoce al infinito el oficio, no debería
ser pobre. Yo tuve que estudiar etnología como profesión; el Embajador
fue médico; Juan se quedó en empleado. Escribimos por amor, por goce y
por necesidad, no por oficio. Eso de planear una novela pensando en que
con su venta se ha de ganar honorarios, me parece cosa de gente muy
metida en las especializaciones. Yo vivo para escribir, y creo que hay
que vivir desincondicionalmente para interpretar el caos y el orden.
¡Ah! La última vez que vi a Carlos Fuentes, lo
encontré escribiendo como un albañil que trabaja a destajo. Tenía que
entregar la novela a plazo fijo. Almorzamos rápido en su casa. Él tenía
que volver rápido a la máquina. Dicen que eso mismo les sucedía a Balzac
y a Dostoievski. Sí, pero como una desgracia, no como una condición de
la que se enorgullecieran. ¿Qué acaso no hubieran escrito lo que
escribieron, en otras circunstancias? Quién sabe. ¿Qué otra cosa iban a
hacer con lo que tenían en el pecho? Perdonen, amigos Cortázar, Fuentes,
tú mismo, Mario, que estás en Londres. Creo que estoy desvariando,
pretendiendo lo mismo que ustedes, eso mismo contra lo que me siento
como irritado. Puede que ustedes no tengan mejor o más o menos razón que
yo. Hay escritores que empiezan a trabajar cuando la vida los apera, con
apero no tan libremente elegido sino condicionado, y están ustedes, que
son, podría decirse, más de oficio. Quizás mayor mérito tengan ustedes,
pero ¿no es natural que nos irritemos cuando alguien proclama que la
profesionalización del novelista es un signo de progreso, de mayor
perfección? Vallejo no era profesional, Neruda es profesional; Juan
Rulfo no es profesional. ¿Es profesional García Márquez? ¿Le gustaría
que le llamaran novelista profesional? Puede decirse que Molière era
profesional, pero no Cervantes.
José María Arguedas. El zorro de arriba y el zorro
de abajo. Losada: Buenos Aires, 1972, pp. 23-4.