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Nuestro canon adorado o cómo contemplarse en el espejo.

       "Cuando la literatura deviene en estandarte de una nación, voz de un partido, vocero de una clase o grupo, cualesquiera que sean los medios utilizados para difundirla, no podrá evitar convertirse en un objeto utilitario al servicio del poder y sus intereses. Y en ese caso habrá perdido su esencia, su verdadera naturaleza".

                                                                     Gao Xingjian

 

     


Nota: cada tanto, hasta diría sistemáticamente, no dejan de aparecer críticas sobre el Premio Nobel y la forma arbitraria (ignorando qué es verdaderamente la literatura cosa que, gracias Dios, nadie sabe ya que hay saberes que asesinan) de actuar de los responsables de otorgar el Premio. Desde el momento en que se lo dieron a Sir Wiston Churchil, los responsables rindieron examen definitivamente y me atrevería a decir que es más vergonzoso para los escritores aceptarlo para figurar en esa galería de los inmortales, que para los que lo otorgan. Pero el mundo sigue andando y los escritores poniéndose de rodillas para conseguirlo, sin que por eso dejen de criticar el Premio otorgado a Gao o a Fo, y no a alguno de ellos. Francamente, a esta altura, ya totalmente inmersos y chapoteando en la banalidad y la trivialidad, el asunto ya no tiene mucha importancia. La cita de Gao Xingjian arriba, debajo del título de esta nota, no es más que una triste ironía y una variante de otras citas muy similares a las totalmente opuestas que ya no se citan tanto por haberse gastado o caducado. Refrita o no, puse la cita de Gao tanto por una cuestión de comodidad como para definir la intención de esta nota. Me quedaría por aclarar, o por agregar, que diga lo que diga Gao, que dígase lo que se diga, hágase lo que se haga, escríbase lo que se escriba,  la bestia con marca no los dejará de devorar.  


        Confieso que a pocos periodistas he admirado tanto como a Tomás Eloy Martínez. ¿O acaso tendríamos que hablar de persona, una especie de Leonardo? No sólo es periodista. También es ensayista, profesor en una universidad norteamericana, amigo de Vargas Llosa que no lo ubicó entre los idiotas latinoamericanos (¿tendríamos que decir que es un piola del Sur y del Norte?)  y como si lo anterior fuera poco, porque realmente no es mucho, es un Gran Escritor (una enfermedad bastante común)  y su obra, una especie de Ulises argentino, digno de figurar en lo que trata su artículo sobre el que basamos el nuestro: Una mirada sobre la literatura nacional. El canon argentinoY el de Juan Martini, llamado simple y modestamente El canon.  (1)

        Pero antes de entrar en el tema, debo terminar con mi admiración de Tomás Eloy Martínez. Admiro en él ese don de la ubicuidad, ese olfato y esa capacidad de ubicarse al lado de las causas justas. Y si un día estuvo a punto de perder, volvió con toda la gloria de los triunfadores. Sabe como nadie moverse en los laberintos de la vida y acomodar sus paneles y desplegar las velas en las direcciones correctas.  Siento una envidia profunda por su don de gentes y su talento para comprender qué es lo que los mediocres o los inteligentes necesitan. Y si su artículo sobre el canon argentino, bien mirado y analizado está precisamente dirigido tanto a unos como a los otros,  y en el fondo no pasa de la enumeración de una ristra de nombres sin hablar con peso sobre la literatura, su comienzo merece tallarse en piedra y utilizarlo como modelo para las generaciones futuras. El arte de tener razón de Shopenhauer, está escrito por un bebé de pecho. 

        El artículo de Tomasito, textualmente (lo destacamos en negrita), comienza así: 

    "Harold Bloom, un catedrático de Yale célebre por su megalomanía y sus arbitrariedades, volvió a poner de moda, hace un par de años, el debate sobre el canon de la literatura occidental. A Buenos Aires llegaron algunos ecos de la polémica, pero nadie trató de aplicarla a la literatura argentina. Es comprensible, porque no hacía falta".

        De aquí en adelante, todo lo que el megalómano y el arbitrario Harold Bloom hizo, hace y hará, queda descalificado, justamente,  por ser megalómano y arbitrario. Un golpe maestro. La única prueba que Tomasito aporta a esa afirmación, es la palabra "célebre" y su propia pluma, aplicable a todo bicho que camina. Habilidad notable. Y precisamente por esta universalidad, una especie de canon periodístico, es por lo que valdría la pena que se tallara en piedra. Quizás, no es seguro, no nos atrevemos a asegurarlo, pero puede ocurrir que Harold Bloom sea un poco más que eso, y mucho más que Tomás Eloy Martínez, incluyendo al que escribe estas líneas.  Pero esto no viene al caso ni tiene mucha importancia.   

        El resto del artículo son una serie de observaciones más o menos sesudas para colegiales (hoy para universitarios y académicos norteamericanos con doctorado, en el país de los ciegos...) entre las que se encuentra la definición de la palabra "canon" según el Diccionario de Autoridades (1726) y las especulaciones sobre su significado; un ataque a la crítica y a las cátedras de la literatura argentina por sus arbitrariedades, una defensa del lector (hoy llamado "cliente") quien, al fin y al cabo, va a organizar su propio canon. En palabras más filosóficas: una serie de opiniones sobre las apariencias (Platón), sin llegar a la certeza (escolástica).

        Una vez más, Tomasito muestra de manera brillante su hilacha: "Cualquier argentino más o menos ilustrado sabe que El Matadero, Facundo, Recuerdos de provincia, Una excursión a los indios ranqueles, son los textos ineludibles del siglo XIX,...". Con esta frase Tomasito no sólo funda sobre piedra el canon argentino, sino que abre puertas para futuras grandes investigaciones: determinar qué es un argentino más o menos ilustrado, una tarea que, por el volumen de la población argentina, es digna de Anderson Consulting. De acuerdo con la definición  del Diccionario (no sabe si sobre las piedras fundamentales del canon), da una serie de nombres y más nombres que, a pesar de ser famosos y garantizados, no repetimos aquí para no saturar y hartar al lector. E inmediatamente asegura que muy pocos libros de esos autores va a prevalecer en la memoria implacable de los lectores, de donde podemos deducir que los malos son los lectores y los buenos los autores. 

        La nota de Tomás Eloy Martínez sigue más o menos así. Para amenizar el rosario de nombres, inventa algunos problemas teóricos que él mismo resuelve. Si tiene razón o no, no nos interesa mucho. Tampoco nos interesa que después de su espectacular comienzo con el fusilamiento del señor Bloom, salvo una vez en que le parece molesto la admiración de éste por Borges, no lo vuelve a mencionar. Digamos que fue un tiro al aire. No estamos aquí para resolver problemas irresolubles o inventados. Tampoco para saber a quién le tira flores o a quién no, olvidándolo intencionalmente o no. (Juan Martini, a quien le tiró flores, se las devuelve a su vez y agrega algunos nombres al rosario empezado por Tomás Eloy).

        Tampoco nos interesan los nombres que se olvidaron ambos ensayistas; Reina Roffé, Isidoro Blaistein, por ejemplo, un innovador de un género; David Viñas, quien, buena o mala, no dejó de tener su peso y su influencia; Daniel Moyano parece no haber existido nunca;  o los poetas  Roberto Juarroz, Antonio Porchia o Alberto Szpunberg, poetas de tanto valor (o mucho más, el gusto y su crítica son una realidad) como Juan Gelman pero sin tanta exposición delante de las cámaras. Tampoco diremos nada de que se olvidaron de todo el teatro argentino como si las obras de teatro no pertenecieran al dominio de la literatura o, perdón, del canon. Para definirlo sólidamente: el canon de Tomás Eloy Martínez con la ayuda de Juan Martini, es una especie de queso gruyere cubierto con la cáscara de la Gran Aldea y espolvoreado con un poco (o bastante) patriotismo por no decir pseudonacionalismo. Y adentro, se pasea un ratón (o tal vez dos) que se alimentan devorando a escritores que dejan el lugar a otros.  Para terminar esta parte, diremos que tampoco nos enoja que no digan cosas   inteligentes como "escritura de la absoluta superficie", frase que justificaría  la falta de profundidad de muchos de los autores que nombraron. Pero entonces, ¿qué diablos nos interesa?

        La idea de esta nota fue inspirada no sólo por la notas mencionadas en las que me parecía que se buscaba la cuadratura del círculo y cómo me veo en el espejo y qué le pregunto, sino también por una observación de la Musa Matilde Sánchez en una especie de coloquio de la redacción del Parnaso argentino, la revista literaria Punto de Vista, y la que, después de ironizar un poco sobre la "novela histórica", dice: "En Uruguay, en Chile, se lee mucho más ficción que en la Argentina. En la Argentina ya no se lee ficción. Se habla de un premio Planeta que, con toda la parafernalia, vende unos miles de ejemplares. El periodismo tomó el lugar de la ficción... A eso se le agrega la desnacionalización de la industria editorial...Yo quisiera salir del lamento que esto convoca, pero lo cierto es que está sucediendo. Cualquier novela que vende mucho vende, de todos modos, muy poco. Hay una fuga de lectores, quizás decepcionados". (Las negritas son de El rey)

        Es triste pero es así. La famosa frase "En todas partes es igual" o "En otras partes es peor", aunque fuera así (y en parte lo es), es un consuelo de tontos y no es un justificativo para la carencia de un canon argentino sólido, en el que muertos los dos reyes (Borges y Cortázar) se disputan el título cortesanos que más bien pertenecen a la picaresca que a una corte verdadera.   Es como si los que hacen la literatura argentina se olvidaran que en alguna etapa de sus vidas tuvieron que aprender el abecé para poder escribir "Mamá amasa la masa en la cocina", el primer gran paso que dieron para ser Grandes Escritores. Y si ahondamos un poco más, el segundo tendría que haber sido la lectura de: "Canta, o diosa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo; cólera funesta que ocasionó infinitos males..." y que si leyeron, ya se lo olvidaron hace rato, probablemente no menos que: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...". (Véanse Los diez mandamientos del escritor en esta misma revista.)

    Recordando a Ezequiel Martínez Estrada (otro escritor, además de ensayista del que se olvidaron los especuladores sobre el canon) , pienso gracias a él que lo pensó antes, que hubo algo que no se produjo. El tema (o problema) lo planteó hace casi medio siglo en un artículo titulado Literatura propia y apropiada y que comienza así: "¿De qué proviene nuestro disgusto, muchas veces, por la literatura?" El lo atribuye a la falta de una literatura auténticamente nuestra y habla de la fatiga ante "libros que no tienen fuerza ya para sostenernos con su ilusión, y de espaldas a una realidad que todavía no ha sido expresada en grande estilo porque no hemos sabido amarla y comprenderla". 

        ¿Es tarde? Probablemente sí. Y no sólo porque a los escritores de hoy no les importa mucho el fundador de cualquier canon, tampoco les importa escribir bien. Y así leemos "Máma amaza la maza en la kosina". Además a esta altura de la historia de la tierra y cerca del apagón, con todas las savias nutricias agotadas, ¿qué se va a producir? Por más que el Martín Fierro o El Facundo puedan considerarse como fundadores de un probable canon, muy pronto no quedarán lectores ni medianamente cultos que sepan quienes fueron sus autores y menos qué significado tienen las obras en sí. Vivimos una época en que los niños creen que los huevos los pone el manager del supermercado. Y si no fuera por las noticias sobre la vaca loca, creerían que los pare el televisor. 

         En el artículo mencionado (un artículo modelo, por cierto) Ezequiel  Martínez Estrada hace una crítica honesta, sincera y sutil de la dependencia cultural. Dependencia sin importancia hoy. Si vendemos y nos traducen, ¡dependamos qué joder! La vida es corta y se vive una sola vez, de modo que ¡destrocémosla! (Y ésta es la única manera en que se vende hoy. Los famosos valores universales: McDonald's, Visa o Pizza Hot.), para concluir en la cita de más arriba. Ironías de la vida o de Estrada; en una carta a Scheines, junio 2 de 1945, compara a Maupassant y a Chejov con Kafka. Para abreviar, alejándome de sus palabras exactas, diría que dice que los dos primeros son niños de pecho al lado del tercero. En realidad, ¿qué es lo que hace aunque sea con exactitud aproximada? Alza la bandera de Kafka como uno de los pocos que pueden ver a través de la piel, uno de los pocos que pertenecen al canon. Y estoy de acuerdo con él. Así como el pintor español Gaya dijo (por una cuestión de luz) que no hay más que diez pintores "auténticos"; así como los críticos canonizan las diez mejores películas, de la misma manera no creo que haya mucho más de diez escritores. 

        Y para terminar, la cita de Gao: sin expresarlo con palabras ni consignas (salvo el Inteligente Europeo), hoy la bandera de la mayoría de los escritores es el liberalismo y las grandes editoriales el fogón al que todos tratan de arrimarse. Ambos, el liberalismo y las editoriales en el mercado, son el paraguas del poder bajo el que se protegen (o lo desean ávidamente) y al mismo tiempo, se amparan. De ese poder es la literatura de hoy. Al que no pertenece a él, se lo ignora. Sin embargo, como no son muchos y si vende bien, será bienvenido al antro materno. 

        Como dijo Mao: "Todo es política"


      (1)  A los que les interese, pueden encontrar las notas de Tomás Eloy Martínez y de Juan Martini en Literatura Argentina Contemporánea, una lista y presentación de autores de un canon más cercano a la posmodernidad.    

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