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EL PODER DE LA CRITICA LITERARIA
por Stephen Vizinczey
Heinrich von Kleist, uno de los mejores escritores que jamás hayan existido, se suicidó en 1881 porque no podía ganarsé la vida con sus obras maestras. Siempre envió sus libros a Goethe, a quien se consideraba no sólo un gran poeta, sino un genio universal, el más profundo de los jueces de arte y literatura. Un solo párrafo aprobatorio firmado por Goethe le habría ganado a Kleist la atención de lectores cultos en toda Europa y hubiera podido continuar escribiendo hasta una floreciente ancianidad. Desgraciadamente, Goethe aborrecía el genio de Kleist, más osado que el suyo, y acerca de él sólo hizo malignos comentarios, de forma que los alemanes cultos pensaban que no perdían nada no leyendo a Kleist. A la edad de treinta y cuatro años, gozando de perfecta salud y en la cumbre de su poder creador, pero empobrecido, desconocido y humillado, quemó la única copia de su única novela y se disparó un tiro. Cuando surge el tema de la crítica literaria siempre pienso en el cadáver del joven Kleist.
El suicidio de Kleist consiguió lo que no habían hecho Goethe y otros críticos alemanes: atrajo la atención sobre sus obras. Hoy, la mayoría de personas interesadas seriamente en la literatura tienen en su biblioteca por lo menos su volumen de cuentos. Una de sus cartas se vendió hacia 1960 en Marburgo por más dinero del que él ganó en toda su vida.
A Stendhal no le fue mucho mejor en Francia, ignorado como fue por la suprema autoridad crítica de la época, Sainte-Beuve, que no deseaba ofender a los gobernantes de Francia, entre ellos los prelados de la Iglesia católica. Stendhal retrató los diversos tipos de funcionarios eclesiásticos corrompidos con una profundidad tan perdurable que más de un siglo después, en Hungría, yo podía reconocer en ella los funcionarios del partido comunista que señoreaban sobre los húngaros con la misma mezcla de santurronería, hipocresía, codicia y malevolencia. Desde luego, lo hacían en el nombre de otra trinidad, la trinidad de Marx, Lenin y Stalin, pero eran exactamente los mismos personajes. Aprendí de Stendhal que la calidad de las personas en cualquier iglesia o partido depende menos de la naturaleza de su fe o ideología que del poder y privilegios sociales que ésta puede otorgar.
El despiadado retrato de la Iglesia católica de su tiempo pintado por Stendhal puede resumirse en el héroe de La cartuja de Parma, clérigo y, al cabo del tiempo, arzobispo, que es a la par uno de los mayores amantes de la literatura. Stendhal modeló a Fabrizio del Dongo sobre la figura de Alessandro Farnese, quien no sólo llegó a obispo, sino a Papa, y dotó a Fabrizio con la sensibilidad del genio: el suyo propio. Fabrizio del Dongo inicia un despertar religioso en Parma pronunciando apasionados sermones que predica con el único fin de hacer que su gran amor, ahora casada con otro, acuda y le oiga. En cuanto la hace su amante, Fabrizio deja de predicar. Es evidente que una novela acerca de un arzobispo sacrílego y adúltero que es retratado no como pecador sino como un hombre brillante y decente superior a cuantos le rodean y que hace caso omiso de reglas absurdas no podía ser elogiada tranquilamente por los críticos franceses de mediados del siglo xix. Más tarde, Freud llamaría a Stendhal el «padre del psicoanálisis», pero para los críticos contemporáneos, el escritor se convirtió en una no-persona. Comentando las pocas reseñas elogiosas que recibió Rojo y negro, Stendhal escribía a un amigo: «Si tuviera muchas más críticas de este tipo, sería un barón o un socio de la Academia. ¿Pero de qué me sirve este par de puñados? No son suficientes ni siquiera para encender el horno.»
La cartuja de Parma, con la que Tolstoi aprendió a describir batallas y que Proust consideraba «la novela más grande jamás escrita», quedó enterrada en el silencio y podía haberse perdido para siempre, junto con el resto de las obras de Stendhal, si Balzac no la hubiera rescatado del olvido con una larga crítica -una obra maestra por sí misma- que escribió «con admiración impulsada por la conciencia» y publicó en su propia revista, la Revue parisienne.
Escritores y lectores estamos todos en deuda con críticos valientes y sagaces como Balzac, quienes, ajenos a las preferencias del poder, llaman la atención sobre las grandes obras de la literatura y contribuyen a mantenerla viva. El problema es que tales críticos son muy escasos y su influencia suele ser póstuma.
* * *
El inmenso poder de la crítica literaria -su poder para determinar lo que la mayoría del público lector leerá, y por lo tanto para decidir qué escritores tendrán un buen vivir y cuáles seguirán siendo pobres; su poder para decidir la vida o la muerte de un escritor- no tiene nada que ver con la calidad de la crítica sino que se deriva del hecho de que a la mayoría de los lectores les repugna encontrarse solos en sus opiniones y juicios. Se necesita valentía moral para que una persona diga: «Esto es una basura, aunque todo el mundo diga que es arte supremo», o «me encanta ese libro, es un libro magnífico, no me importa si todos los críticos le dieron un palo». Es mucho más agradable la sensación de que uno comparte la opinión de los «expertos», los críticos de los periódicos y revistas más estimados.
Supongo que siempre supe todo esto de alguna manera imprecisa, pero (para tomar prestada la definición de Shakespeare del único conocimiento verdadero) no lo «supe sensiblemente» hasta la aparición de In Praíse of Older Women (publicado en España con el título de En brazos de la mujer madura). En Canadá, dónde yo mismo publiqué la novela por primera vez y donde la elogiaron la mayoría de los críticos acreditados de la prensa y círculos académicos, se convirtió en el best-seller número uno. Cuando posteriormente se publicó en Estados Unidos, la mayoría de los diarios importantes del país la ignoraron o atacaron, ofendidos (creo) por el hecho de que presentaba el sexo sin fantasías realizadoras de deseos, quejas ni repugnancia, que son los elementos básicos de una cultura puritana.
Mientras En brazos de la mujer madura obtenía en Nueva York silencio e injurias (y los americanos apenas leen nada que no ha recibido la bendición de Nueva York), recibí una llamada del Gran Pope de las letras americanas, Edmund Wilson, quien me telefoneó para decirme cuánto le gustaba la novela. Le pedí que lo dijera públicamente, pero rehusó. Me sorprendió que Edmund Wilson quisiera felicitarme «en secreto», pero esto me dio una idea acerca de los críticos y lectores que desde entonces he venido verificando: si su reacción ante una novela difiere,de la opinión aceptada y es probable que despierte desaprobación u hostilidad, la mayoría de ellos se guardan la opinión para sí mismos. Así, incluso un libro del que disfrutan todos los que realmente lo leen puede morir por falta de publicidad «de viva voz» si los críticos no lo alaban.
En brazos de la mujer madura murió de este modo en América por falta de comentarios aprobatorios de los críticos prestigiosos. Los lectores que disfrutaron con ella parecieron limitarse a decirlo o escribirlo sólo a mí; el autor. El editor americano saldó las existencias al cabo de tres meses, asegurándome que la novela era demasiado europea para América. Pero unos pocos meses después comenzó a venderse de nuevo en Estados Unidos y se colocaron másde un millón de ejemplares en un año. ¿Qué había ocurrido? El libro no había mejorado ni los lectores americanos podían haber cambiado mucho en tan corto tiempo. Pero, mientras tanto, la novela se había publicado en Inglaterra, donde recibió las bendiciones de escritores y críticos sumamente respetados en periódicos y revistas importantes, y se convirtió en un best-seller inmediato. Los máximos críticos ingleses gozan de algún prestigio en América (al contrario de los críticos canadienses, que son igual de buenos), de modo que también los americanos comenzaron a sentirse libres para gustar del libro y hablar de él.
La influencia de la crítica literaria varía de país a país, pero parece que los espíritus independientes que leen un libro a la luz de su propia experiencia y no a la luz de la opinión establecida son raros en todas partes. Y, paradójicamente, donde más raros son es entre los literatos. El poder de los críticos, basado en el instinto gregario, es mayor sobre las mismas personas que creen ser individualistas: la clase intelectual. Su gusto literario y su capacidad para juzgar la literatura son una parte importante de su autoimagen, una fuente de su autoestima, y por esa misma razón su temor a equivocarse -o que otros los consideren equivocados- los vuelve ansiosos de estar de acuerdo con la opinión de los expertos. Ésta es la razón de por qué los libros -absolutamente espurios, sin sentido y aburridos, puedan venderse a centenares de miles en Francia si ganan el premio Goncourt.
No afirmo que los críticos puedan convertir cualquier libro en un éxito –ni siquiera Dios podría inspirar vida en algunos libros– y también es verdad que los escritores que han conseguido éxito y reconocimiento crítico dejan de depender de los críticos. Evidentemente, García Márquez o Camilo José Cela o Graham Greene no necesitan ya buenas críticas: tiene sus propios partidos en todo el mundo. Pero el resto dependemos de los críticos –y más que en ninguna época anterior.
La razón principal de esta dependencia de los críticos la encontramos en el desaforado crecimiento que ha experimentado la edición y, junto con ella, la crítica. Miles de novelas se publican cada año y ello requiere un número cada vez mayor de críticos, lo que significa una menor exigencia de calidad en todos los ámbitos, de manera que la mayoría de las novelas que se publican están escritas por gente que no sabe escribir y la mayor parte de las críticas están escritas por gente que no sabe leer.
Además, están las decenas de miles de libros de ensayo publicados cada año, la mayor parte de los cuales son versiones inferiores de algún excelente libro agotado sobre el mismo tema. Constantemente se permite que se agoten grandes libros para abrir paso a basura nueva. Los ensayos literarios de Balzac, que figuran entre las páginas más profundas de crítica literaria jamás escritas, han estado agotados durante décadas, mientras charlatanes académicos como Jacques Derrida publican una corriente continua de libros llenos de fútiles teorías literarias y de jerga deliberadamente incomprensible que abarrotan las mesas de los redactores, los estantes de las librerías y los sesos de los estudiantes que tienen que leerlos.
¿Qué escritor o crítico puede tamizar las decenas de miles de libros nuevos y escoger los que realmente son meritorios? Las estructuras de editoriales y librerías exigen un alud de libros todos los años, y ni siquiera los buenos críticos y redactores literarios son tan buenos como podrían ser porque se encuentran apresurados en exceso, constantemente apremiados por el próximo trabajo, el próximo montón de libros que se descarga sobre su mesa. La conveniencia propia, tanto como el conformismo, es responsable de la deshonesta similitud de la mayoría de los libros, así como de las críticas que acerca de ellos se escriben. Sencillamente, el hacer una cosa bien requiere demasiado tiempo. Como dijo Balzac: «¡Crear algo es morir una muerta lenta, copiar es vivir!»
Cito de su cuento «Pierre Grassou», y lo que allí dice acerca de la expansión del «Salón» del Louvre en 1817 es aplicable al mundo literario de hoy.
Anteriormente, al exponer las obras de arte realmente mejores, el «Salón» concedía los máximos honores a las obras que allí se mostraban... Se solía discutir apasionadamente sobre un óleo y los insultos proferidos contra Delacroix o Ingres eran tan beneficiosos para su fama como los elogios y el fanatismo de sus partidarios. Hoyen día ni los críticos ni los visitantes se mostrarían excitados ante la vista de las mercancías de este bazar. La gente tiene hoy que hacer una elección que anteriormente el jurado examinador hacía antes de la exposición, y su atención decae durante la tarea... Antes de 1817, las pinturas aceptadas nunca ocupaban más espacio que las dos primeras filas de la galería donde están los viejos maestros, pero aquel año ocuparon la galería, con gran sorpresa del público. Pinturas históricas, de género, de caballete, paisajes, flores, animales, acuarelas -estas siete especialidades juntas no podrían producir más de veinte pinturas que merecieran una segunda mirada del público, el cual, como es sabido, no puede fijar su atención en un número excesivo de obras. A medida que el número de artistas fue creciendo más y más, el comité de selección debería haberse hecho más dificil de complacer. Pero cuando el «Salón» se desbordó sobre la galería principal, se perdió todo. En vez de un torneo, tenemos un tumulto; en vez de una exposición magnífica, un alborotado bazar; en vez de una selección, tenemos una totalidad. ¿Qué pasa? El gran artista pierde.
No sólo porque se pierde en la multitud sino porque «esas viles mediocridades que deberían elegir individuos superiores en cualquier clase social... se eligen naturalmente el uno al otro y declaran una guerra implacable contra los verdaderos artistas».
¿No puede decirse lo mismo con respecto a la literatura y la crítica literaria de hoy? ¿Cómo, si no, habrían adquirido el rango de grandes artistas escritores inmaduros como Kundera, insípidos y anémicos como Updike, o monótonos como Beckett, que golpea siempre la misma tecla del si bemol en el piano? Centenares de millares de lectores que nunca han oído de U,zarillo de Tormes o de Galdós, que jamás han leído una línea de Cervantes o Dostoyevski, o ni siquiera de grandes escritores del pasado reciente como Italo Svevo o Thomas Mann, se abren paso penosamente a través de Beckett y demás, embaucados hasta ,creer que se están perfeccionando personalmente con la mejor literatura, y al final de su lectura se quedan sin una sola impresión profunda, ¡sin una sola iluminación!
Parece evidente que si los editores de todos los países acordaran no publicar más de un centenar de novelas al año y no más de dos centenares de libros de ensayo, tanto los libros como la crítica literaria serían de nivel más elevado y se perderían menos libros buenos. Actualmente, a un escritor le es relativamente fácil conseguir que se publique su libro, pero aunque sea una obra maestra, fácilmente puede pasar inadvertido entre los millares de libros que no deberían publicarse en absoluto.
Un gran número de libros inútiles son escritos por académicos e impuestos a los estudiantes, robándoles el tiempo que necesitarían para leer -y releer- a los grandes escritores. Los absurdos libros de Derrida son la expresión definitiva de este género de insolencia académica. Sólo alguna frase ocasional tiene alguna clase de sentido y ese sentido es la tesis de que realmente no importa lo que quiere decir un escritor, es a nosotros a quienes correspónde inventar el significado de un texto literario. Derrida llama a esta teoría «desconstrucción», lo que, después de todo, es un sinónimo de destrucción.
En ninguna parte se produce literatura alguna en el entorno de esas personas; por lo menos muy poca recibe conocimiento. Su vanidad y diletantismo se ofenden ante al arte verdadero, que hace vivir seres humanos de carne y sangre; y si hablan bien de un escritor lo más probable es que sea una mediocridad de su mismo nivel. Vaya toda honra a los maestros a los que no se aplican estas observaciones, pero son: ellos los que mejor conocen que forman una minoría, en lucha contra desventajas invencibles.
Hace unos años vino una estudiante a verme a Londres: estaba licenciándose en Literatura Inglesa en Oxford. Mencionó un libro y yo le pregunté si le había gustado. Poniéndose muy derecha, dijo con orgullo: «¡No leo para sacar gusto, leo para evaluar!» Me temo que es típica de la educación universitaria y del género de expertos literarios que ésta, produce: aman a los libros como los niños mimados aman a los criados: porque pueden sentirse superiores a ellos. Extraen su disfrute no de la literatura, sino de la emisión de su juicio, del poder.
* * *
La crítica literaria es un tema tan vasto como la política; de hecho es la política de la literatura. Ocupa a muchas buenas, personas, de integridad y talento, pero también a ejércitos enteros de pelotilleros y matones que se prosternan y se rinden ante los que se hallan por encima de ellos pero que ponen muy derecha la espalda cuando tratan con escritores desconocidos. Prácticamente en todo el mundo se leen críticas que elogian a John Le Carré como a un gran. escritor. Cuando me encuentro con esas reseñas, veo a los críticos arrodillados ante el Dinero.
¡Y hasta qué punto las mismas personas tratan con condescendencia a los escritores dotados que no han conseguido tener una reputación!
Algunos de estos críticos tienen tan poco talento y carácter y tanta vanidad, en cambio, que sería ridículo sugerir que haga falta corromperlos, pero incluso algunos críticos inteligentes y honestos están sujetos a demasiadas influencias corruptoras que les presionan para adaptar su criterio al punto de vista que se espera de ellos, en vez de brindar su opinión genuina sobre una obra.
Verdaderamente es difícil para un crítico expresarse con sinceridad en Nueva York. Estados Unidos es un gran país en el que se hace demasiado dinero con los libros para dejar al arbitrio de la suerte la opinión crítica. Una vez recibí la llamada de una redactora de la New York Times Book Review, quien me dijo que la novela que quería mandarme para reseñar era una novela muy buena de una dama de sociedad de Nueva York que había dado millones de dólares en caridades: «¿Y qué pasa si no me gusta?», le pregunté. «¿Por qué no le va a gustar? -preguntó molesta-. A nosotros nos gustó.» Evidentemente estaba ofendida porque yo pudiera albergar la idea de estar en desacuerdo con los directores. Me negué a reseñar la novela de la caritativa dama, pero le dije que escribiría con placer para la NYTBR acerca de cualquier otro libro. Pasaron cuatro años antes de que me llamaran otra vez. Para que le permitan la entrada en el más importante foro de la crítica literaria de América, a uno le deben gustar los libros que se espera que le gusten.
¿Cómo entonces un crítico norteamericano que vive en América puede ignorar las indirectas sobre el tipo de reseña que se espera que escriba? Sobre todo si vive de las críticas que escribe o si su promoción en la universidad depende de que publique en las páginas de un diario prestigioso.
Nunca me hice tanto daño a mí mismo como cuando escribí un ensayo titulado «Anatomy of Serious Rubbish, or the Bay of Pigs of the American Literary Establishment» («Anatomía de la basura seria o la Bahía de Cochinos del Establishment literario americano») analizando la novela Las confesiones de Nat Turner de William Styron, que trata de un esclavo negro rebelde que quiere matar a todos los blancos, hombres, mujeres y niños, pero que también tiene un gran afecto por ellos, les comprende y les compadece a todos ellos, incluso a su abogado, perversamente racista, y al juez que lo condena a la horca. Esta psicótica necedad fue prohijada sin preguntas por el centenar, poco más o menos, de directores de revistas y críticos importantes que otorgan el éxito a los libros en Estados Unidos. Les es fácil tener la misma opinión: asisten a las mismas reuniones en la casa grande de la Quinta Avenida de la caritativa dama de sociedad. No hay que decir que Styron es uno del corrillo, un viejo y querido amigo del director de la New York Review of Books, la voz de la alta cultura y del mundo académico de Estados Unidos. La fotografía de Styron se imprimió en las cubiertas de las revistas, su libro fue vitoreado como una gran novela norteamericana, si no la más grande de todas ellas, y ganó el Premio Pulitzer.
The Times de Londres me dio el libro para reseñar. Pensé que trataba de un maravilloso ejemplo de la psicología del autoengaño y de una escritura mala y pretenciosa y convertí la reseña en un breve ensayo en el que citaba por su nombre y apellido a los críticos famosos que lo habían elogiado y a las revistas y diarios en las que aparecieron sus críticas (en algunos casos los críticos eran al mismo tiempo los directores de los diarios). Me olvidé de las Ilusiones perdidas y no entendí que me había metido en algo que no era simplemente una disputa literaria.
Esas personas tienen la reputación de ser los mejores jueces de libros de Estados Unidos. Cuando hablan al unísono acerca de un libro, eso equivale a vender cientos de miles de ejemplares. Cuestionar su juicio era desafiar su poder de generar ventas de multimillones de dólares. Más tarde, cuando adjunté el ensayo en un libro, The Rules of Chaos (Las reglas del caos), ninguna de las publicaciones que yo citaba en el ensayo imprimió siquiera una línea acerca del libro; ninguna de ellas, con la excepción de Newsweek, imprimió tampoco una sola línea acerca de mis libros posteriores, a pesar de que varias personas que escribían para esos diarios me dijeron que habían pedido reseñarlos pero que el director se negó a que lo hicieran.
El significado de todo esto puede juzgarse por el hecho de que Harold Evans, que publicó mi novela Un millonario inocente en Estados Unidos y tenía fe en ello, gastó más de cien mil dólares anunciándolo, principalmente en el diario New York Times, con la vana esperanza de que este gasto le valdría una reseña en el periódico, porque sin una reseña laudatoria en el diario New York Times es imposible vender un libro a las bibliotecas de Estados Unidos en cifras respetables.
Por aquella época yo vivía en Nueva York y una noche paseando por la Quinta Avenida me encontré con Lewis H. Lapham. Se había pasado la tarde en el Century Club leyendo Un millonario inocente; todavía llevaba el libro en su cartera. Me dijo que lo había terminado esa misma tarde y que le encantaba.
Debo decir que admiro a Lewis H. Lapham por sus brillantes ensayos; escribe para mi tipo de lectores y dirige la mejor revista cultural de Estados Unidos, el Harper's Magazine. «Si te gusta la novela, ¿por qué no le haces una crítica?» -le sugerí-. «En este país la están aniquilando a base de silencio.»
«Nada me resulta más fácil. Escribo una reseña semanal en The Wall Street Journal y puedo elegir los libros que quiera.»
Me alegré muchísimo. Una reseña elogiosa de Lapham era capaz de llamar la atención sobre Un millonario inocente.
Un par de días más tarde, Lapham me llamó consternado para informarme que en la revista le habían denegado reseñar la novela. Llevaba años escribiendo para ellos y era la primera vez que habían puesto el veto a un libro propuesto por él, o incluso cuestionado su opinión. No le dieron ninguna razón y yo sólo puedo especular sobre lo que pasó, pero el jefe de la sección cultural del periódico era todavía el mismo Edrnund Fuller de cuyo grosero elogio de la novela de Styron yo me había burlado en The Rules of Chaos, dieciséis años antes.
El Wall Street Journal y el New York Times continuaron ignorándome, como los demás periódicos a los que había ofendido. Lo cual me va perfectamente bien; puedo continuar ofendiéndoles, pues me gano la vida con mis libros en Europa y América Latina, pero me es imposible imaginar cómo ningún escritor o crítico que tenga que vivir de sus ganancias norteamericanas pueda arriesgarse de buena gana a semejante clase de castigo por hablar sin llevar el compás. Me imagino que me llega el olor del miedo en la mayoría de las críticas de Nueva York; adivino la angustia del crítico sobre si está distribuyendo el elogio y la censura en las precisas proporciones correctas.
Esto resulta más que evidente en las críticas de primeras novelas, de obras de escritores sin una reputación establecida y sin un gran presupuesto de publicidad que los promocione. Cuando uno lee una reseña de un libro que es clara e inequívocamente positiva o negativa, es probable que esté leyendo a un crítico de integridad. En muchos casos, los críticos hacen sus apuestas de manera que si otros críticos elogian el libro, ellos pueden decir que también lo habían elogiado antes; y si otros críticos lo descalifican, pueden decir que ellos también lo habían descalificado antes. Desde mi punto de vista, ésta es la forma más despreciable de crítica literaria. Una novela o vive o no vive, y no declarar la verdad más importante acerca de ella constituye una traición cruel tanto al escritor como al lector.
En Estados Unidos prácticamente las únicas críticas honestas se publican en diarios como el Cleveland Plain Dealer y el Sacramento Bee, es decir, en diarios de provincia en los que escriben personas ajenas al medio -abogados, amas de casa, expertos en computación, médicos, que no viven de la escritura y no están involucrados en politiqueos literarios. Puesto que no tienen nada que perder o ganar y ninguna teoría en particular que promover, pueden exponer libremente sus verdaderos sentimientos y opiniones acerca de un libro. La literatura, como la guerra y la política, es demasiado importante como para dejarla en manos de los profesionales. Pero de nuevo, la mayoría de lectores que viven en las ciudades pequeñas ignoran a loscríticos locales y sólo compran los libros que son elogiados por Nueva York.
* * *
Solía pensar que Estados Unidos era un caso muy especial, pero ocurrió que me encontraba en Italia cuando publicaron El péndulo de Foucault de Umberto Eco, y la descarada promoción bajo la guisa de crítica literaria habría avergonzado a Nueva York. El éxito fabricado de este libro imposible de leer combina las malas influencias del dinero y de la insolencia académica, que han engañado a la gente crédula para que crea que la literatura es lo que pueden hacer los profesores: mencionar hechos poco conocidos, citar de oscuros documentos, divagar sobre todo y sobre nada, mezclar frases incomprensibles con lugares comunes. El péndulo de Foucault fue aclamado por los medios de comunicación italianos cual si fuera el Segundo Advenimiento de Cristo. Los diarios publicaron críticas aduladoras firmadas por importantes autores italianos en primera plana, todos los suplementos de color incluyeron largas noticias-reportajes en cubierta sobre la novela, y Eco aparecía en televisión día y noche. Por aquel entonces entré en una librería de Viareggio y me quedé allí atónito ante un espectáculo como jamás había visto. Cajas llenas de la novela de Eco acababan de llegar a la librería y los empleados apenas tenían tiempo de desembalarlos. Cientos de personas sitiaron este almacén literario a la orilla del mar y, como ovejas que milagrosamente habían aprendido a decir cuatro palabras, pedían todos El péndulo de Foucault. ¿Y quién podía culparles? Era El Libro al que cada estación de radio y televisión, cada periódico y revista, había concedido frenético homenaje. ¡Aquella pobre gente, muchos de ellos llegados de pueblos en la montaña, nunca se había dado cuenta de que un simple libro pudiera ser tan importante!
En particular me llamó la atención una pareja de jóvenes que parecían no haber entrado nunca en una librería. Mientras esperaban a que se desembalara una nueva caja del libro, comencé a hablar con ellos y les invité a que miraran los otros libros; era una tienda bien surtida, con la mayoría de los tesoros de la literatura italiana y mundial en sus estantes. No habían leído ninguna de aquellas obras, según pude discernir, e intenté interesarles en el Decamerón, en Las florecillas de San Francisco (cuentos estupendos), en las Crónicas italianas de Stendhal, en los Cuentos libertinos de Balzac, en los cuentos o novelas cortas de Cervantes, Maupassant, Mark Twain e Italo Svevo, en el Viaje sentimental de Sterne, en El sombrero de tres picos de Alarcón, en los Cuentos romanos de Moravia, en Confesiones del estafador Felix Krull de Thomas Mann -libros que incluso alguien que no hubiera leído nunca un libro podía disfrutar. Conseguí tener fascinada durante diez minutos a la joven pareja con mi mal italiano, enseñándoles todos esos libros, y luego les dejé para que tomaran su decisión. Los vi más tarde salir de la tienda llevando un ejemplar de El péndulo de Foucault.
Estoy seguro de que los críticos, periodistas, editores y productores que crearon tan monumental bullicio a propósito de una novela imposible de leer nunca han reflexionado sobre su abyecta traición a la causa del alfabetismo. A menudo suelo pensar en aquella joven pareja. Después de cincuenta páginas, cuanto más, debieron decidir que realmente los libros no eran para ellos y habrán vuelto a contemplar la televisión durante el resto de sus días.
De Verdad y mentiras en la literatura por Stephen Vizinczey
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